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Este jueves Ana Mª. Moix habría cumplido años. Durante unos cuatro años trabajamos en la misma editorial. Ella llevaba el sello Bruguera. Amante de los gatos como era, recuperó el antiguo sello del gato negro de la antigua editorial legendaria, y publicó de todo, no siempre a la moda, pero jamás sin interés. Recuerdo que entre sus autores había dos cubanos, Senel Paz y Wendy Guerra, y solía bromear con ella diciéndole que Bruguera había sacado el Guerra y Paz de la literatura cubana. 

Hablaba como caminaba: suave, con ese falso ritmo que tienen las olas del mar, en el fondo inasequible a cualquier metrónomo. Leía con la vista y con las manos: se palpaba tanto placer al verla editar un texto como el que se encuentra entre los comensales de un asador donostiarra.  Y lo único torpe que hizo en su vida fue liar esos cigarrillos de tabaco de pipa cuyas hebras se le escondían por las comisuras de la boca. Sus artículos de prensa demuestran una claridad de pensamiento que por escrito se permitía  y escondía oralmente. A veces daba la impresión de ser como esa porcelana exquisita que el tiempo ha descascarillado y que corre el riesgo de tener casi colmado el cupo de vibraciones, pero puedo estar equivocado. De lo que estoy seguro es que jamás empeoró el mundo, ni en el menor detalle.  Jugando el Barça contra el Athletic de Bilbao una final que me invitó a ver por televisión, se las arregló para que terreno fuera neutral, y acabamos en casa de un amigo suyo, psiquiatra. “Por prevenir”, comentó, no sin sorna. Lo regamos con Cocacola y perdió mi equipo. (Ese mismo año, el New York Times la había fichado para un equipo ideal de escritores, con Nabokov en la portería, Pamuk a la defensa, Eduardo Galeano, Valdano… Recuerdo que el entrenador era Joyce y el preparador físico Camus. A pesar de ser una hincha acérrima, no le dio mayor importancia, lo que demuestra que en ciertas cosas las mujeres poseen una templanza que nos está negada.)

La enfermedad le robó con frecuencia la facultad de sujetar un libro.

No asistí a su funeral, pero me alegró, al llegar desde Madrid al tanatorio, que éste estuviera pegado al Camp Nou. 

Me acuerdo de más cosas, pero era amiga de la concisión, y por tanto aquí se acaba esta historia. Nos dejó, sí, y el mundo se hizo un poco más miope, sí, pero tuvimos la suerte de disfrutarla y en lo importante debe siempre primar la gratitud. 

Foto: Carles Ribas (El País)

 

 

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