en torno al audiolibro

Hace unos días, Manuel Gil, el actual director de la Feria del Libro de Madrid, me felicitó por este artículo que apareció en el número 39 de la revista Texturas. Lo escribí con clara intención de no aburrir y sacudir un poco las posturas en torno al audiolibro, que a mi juicio necesitan un poco de aire fresco. (Debo decir también que adoro los audiolibros. Escuchar al genial Titus Welliver leyendo The Night Fire me parece una suerte.)

 

AUDIOLIBROS Y CHORRADAS

A partir de cierta edad no hay excusas para rehuir la concisión. Por consiguiente, demos como respuesta a quienes se oponen al audiolibro una sola palabra: chorradas. Lo explico en tres razones.

1. Desde el punto de vista de la creación: la literatura es sonido. Si citamos a ágrafos famosos como Sócrates y a Jesucristo es por su labia, no por su caligrafía. E incluso si al final resulta que Per Abbat fue el verdadero y único autor del Cantar del Mío Cid, lo cierto es que nada tumbará la oralidad de los juglares medievales como el medio en que sobrevivieron las noticias de la época. Fingir que la tinta es anterior —o superior— al sonido es como afirmar que la carta impresa de un restaurante nos saciará el estómago. Y el que opine distinto bien puede poner una editorial de teatro, que verá cómo se forra. Porque, por encima de todo, la literatura es sonido, como bien sabe quien acude a diario a la prueba del algodón: leer lo escrito en voz alta. Un libro, cualquier libro, no es sino una voz que resuena en nosotros. Una voz. (Y podemos ir más allá, pues tal como sugiere Al Alvarez, eso mismo es también un escritor: su voz, lo que no equivale a estilo. Quien esté interesado, que revise su libro titulado The Writer’s Voice [La voz del escritor], basado en una serie de conferencias que dio en Nueva York en 2002.)

2. El audiolibro no es precisamente nuevo. En 1890 Tennyson ya ha grabado su poema «La carga de la caballería ligera» con Thomas Edison. Tiempo después, en 1932, en plena Gran Depresión, la American Foundation for the Blind —el equivalente a nuestra organización nacional de ciegos— recibe de la fundación Carnegie una beca de 10.000 dólares para poner en práctica un proyecto destinado a crear Talking Books, “libros parlantes”, que recojan en archivos de voz obras literarias. Naturalmente, entre el personal hay quien se opone a semejante dispendio, pues habiendo tanta hambre tal vez los ciegos puedan pasarse sin esos discos. Pero el proyecto acaba siendo realidad gracias a la implicación personal del presidente Roosevelt. No es, como avanzaba, algo novedoso, pero echa a rodar una bola de nieve que se caracterizará por la calidad de las lecturas —una de las voces que se presenta para realizarlas es un joven Gregory Peck, por poner un ejemplo. Y que disfrutan ciegos y no ciegos: en 1955, Eisenhower escuchará Talking Books mientras guarda reposo tras un infarto. Esas grabaciones tienen réplicas en todo el mundo, gracias a otra maravilla, la radio. En Inglaterra, Virginia Woolf lee uno de sus ensayos para la BBC. Y Auden. Y Eliot, que grabará La tierra baldía, Prufock e incluso su poema sobre gatos. También se graba en alemán, portugués, español… Graban Concha Espina, Pío, Baroja, Juan Ramón Jiménez, Jacinto Benavente. Neruda, Borges, Cortázar… como atestiguan las grabaciones recogidas en la misma Biblioteca Nacional de España que también alberga sus libros en papel. Hoy, cualquier visita a una de las múltiples webs de audiolibros nos revela infinidad de obras en voz de sus propios autores. Hablamos de Christopher Hitchens y Carrie Fisher; de Anthony Bourdain y Barack Obama; de Bruce Springsteen y Bill Bryson; de Clive James y Neil Gaiman. Seguro que ahora, como entonces, lo hacen porque los obligan a punta de pistola.

3. La lectura en voz alta, ya enlatada, ya en vivo y en directo, ha cambiado el mundo lo suficiente para que nadie pueda cuestionar su relevancia. Quien lo dude puede hacer memoria y recordar qué sucede en una fábrica de Guanabacoa, Cuba, donde torcedores de ambos sexos invierten la jornada manipulando hojas de tabaco para transformarlas en puros habanos. Es una labor repetitiva y, por eso mismo, algo tediosa. Las horas pasan lentas. De modo que en 1865 se les ocurre una idea. Entre todos, juntan algo de dinero y eligen a un compañero para que de ahora en adelante les lea en voz alta: novelas, tratados de historia, periódicos… Este acto en apariencia inocuo tiene consecuencias insospechadas. La primera, y tal vez más importante, es que ahora los trabajadores no sólo están entretenidos, sino que se abren al mundo. Acumulan conocimientos y cultura general. Crece su curiosidad: aprenden historia; dominan los grandes clásicos de la literatura, estudian filosofía. Esos lectores de tabaquería mejoran la comunicación entre los torcedores. Así, se crean debates y en ellos discuten de traiciones, de heroísmo, de amores malogrados, de proezas. Hay una segunda consecuencia: ahora los puros empiezan a llamarse como los protagonistas de las historias que enriquecen sus horas. De tal manera que de una lectura de Alejandro Dumas nacen los Montecristo; de un drama de Shakespeare nacen los Romeo y Julieta y del Quijote toman el nombre de su fiel escudero para crear los Sancho Panza. Las historias que han escuchado afectan ahora no sólo a quienes ocupan las fábricas, sino a todos los clientes que hay por el mundo. Y todo gracias al sentido del oído. Pero ni siquiera hace falta salir del ámbito de lo doméstico. Basta con recordar cómo aprendimos cada uno de nosotros a amar las historias. No fue entre las páginas de un libro en cartoné con guardas de aguas sino entre las sábanas. Escuchando la voz de un padre o una madre que nos leían en voz alta. Ese audiolibro primigenio, origen y consecuencia de todo, que todo lo resume. De modo que si no te van los audiolibros no leas a tus hijos, no te vendas tan barato. Espera a que adquieran la pericia para diferenciar un gramaje de otro y una Bodoni de una Bembo, que todo lo demás no está a su altura y el mp3 es de horteras y vagos. Como decía, chorradas.

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