los profesionales de la justicia y twitter. tres apuntes

Escribo a la carrera, por lo que será más extenso de lo que os merecéis. Me disculpo de antemano.

  1. de un lado de la barrera

Twitter me gusta por la gente a la que sigo. Me muestran puntos de vista que no había contemplado, me aportan información que desconocía, me divierten. Sé que tiene su lado malo, pero por gente así merece la pena.

Sigo a muchos profesionales de la justicia que, como tantos profesionales de tantos otros gremios, tienen cuentas a título personal. Los veo como gente honesta, trabajadora, divertida, sagaz, con una capacidad sorprendente para articular sus impresiones de forma clara, concisa y atractiva. No exagero. Comparten, además de las vicisitudes del día a día, sus gustos musicales, sus problemas criando hijos, sus paseos en moto. Uno acierta a entrever a la persona, y esto es un privilegio, porque esa persona está al otro lado de la barrera y me ayuda atisbar un mundo para mí nuevo y desconocido. 

Hoy y ayer están siendo días especiales para todos. Lo que se traduce en tuits como estos. 

 

 

Recordemos entonces lo que ya se ha dicho: que están ahí porque quieren y que hacen un esfuerzo inmenso por mostrarse como ciudadanos. Las descalificaciones, sobre todo las que se hacen a título personal, sobran, pues empeoran el mundo. 

2. del otro lado de la barrera

Llevo meses escribiendo un libro para una fundación médica, lo que me obliga a mostrar el punto de vista del médico y el del paciente.

Y a escuchar la jerga del primero y la perplejidad del segundo, que no pretende sino ver cómo asimilar lo que no entiende y puede costarle la vida.

Por poner un símil, diré que ambos procuran medir la temperatura, pero uno lo hace en grados Farenheit y otro en Celsius y así no hay quien se entere. Nadie acierta a convencernos de que 104 es igual a 40. 

No sabía cómo probar que esto es así, pero por fortuna me topé con Cómo piensan los médicos, un libro sobre el modo en que los médicos realizan sus diagnósticos (y en donde, entre otras cosas, se nos informa de que éstos interrumpen al paciente a los 18″ de haber empezado el pobre a describir qué le pasa). En ese libro, Groopman, con un currículo inmenso y décadas de experiencia, relata lo que vivió cuando por culpa de un error le dijeron que podía tener cáncer: pasó la noche en vela muerto de miedo, lleno de sugestiones que iban contra su propio sentido común, sintiéndose enfermo y llamando a su mujer para despedirse. Y todo era un error por una radiografía sucia.

El médico, tras su jerga, pasó a ser paciente, con su indefensión. 

Si lo cuento es porque no hace falta fingir que las cosas son complicadas: todos, en un caso u otro, nos hemos visto víctimas de un profesional que se escuda en la jerga para darnos una noticia que sabe que nos afecta en un lenguaje que desconocemos. Y en vez de invertir sus esfuerzos en iluminarnos, parece mofarse de que no estemos a la altura. Algunos ejemplos de esto: el mecánico que se ríe de la chica que le ha llevado el coche a arreglar; el técnico informático que por teléfono se irrita porque no tengamos un máster en routers; el que no se queda contento por soplarte 100 pavos por sacar un aro de sujetador de la lavadora y te suelta un sermón gratis… Claro que además están las preferentes, las condiciones de uso de redes sociales, las cláusulas al contratar un seguro, etcétera. Si alguien no sabe de qué hablo que compre lotería. Y que sepa que es una experiencia que no se olvida y que nos deja una mosca detrás de la oreja a perpetuidad. 

Lo comento por tuits como éstos: 

Señores, si el problema es que sus conciudadanos esgrimen una opinión equivocada en una red social, seguramente basada en una experiencia anterior que les lleva a desconfiar de todo, basta con que no les presten atención.

Nadie les fuerza a ello. 

Las redes sociales son como un país extranjero que no nos convence: basta con comprar un billete de ida para volver a ser feliz. 

3. saber escuchar

No puedo probarlo, pero mi intuición es que la reacción de muchísimos profesionales de la justicia ha sido sentir miedo, y este miedo ha condicionado muchos comentarios donde parecía que lo único importante era que quien no está capacitado para ello tenga el mal gusto de esgrimir una opinión. 

De igual manera, a todos aquellos que han soltado barrabasadas a unos profesionales que no han tenido nada que ver con ese juicio los mueve también un miedo igual o mayor. Olvidan que en este mundo hay verdades eternas, como que nunca hay que mezclar laxantes con somníferos antes de irse a la cama o que tratar de hundir a alguien jamás elevó a nadie a la santidad.  

Muchos compartimos la impresión de vivir en una sociedad chiflada compuesta por personas cuerdas. Tal vez, al menos en las redes sociales, podamos empezar por comunicarnos de tal modo que alguien escuche. 

No hacerlo también empeora el mundo y tirar balones al otro lado de la barrera es infantil. 

Gracias por tu tiempo y atención.

 

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