saal digital

Rara vez suelo solicitar una prueba de producto gratuita. Principalmente, por pereza. Pero acostumbro a montar fotolibros para regalarle a mi mujer, al menos una vez al año. Tenemos un niño pequeño y nos hace ilusión dejar constancia. 

Antes los hacía con Fotoprix, el software era simple y fácil de usar, me permitía hacer lo que quería. Además, podía llevarlo a una tienda cerca de casa. Pero la tienda cerró y, cuando vi que Saal digital se ofrecía a brindarme una prueba de producto gratis –a cambio de una reseña– para un cuaderno con anillas de un tamaño decente (creo que era 18 x 13, aunque puedo estar equivocado, no lo tengo aquí), me dije que tocaba probar suerte. 

El software me pareció peor que el de Fotoprix, pero en el fondo tampoco se necesita gran cosa, dadas mis necesidades: no soy Salgado. Tuve algunos problemas para canjear el bono, pero he de reconocer que el equipo de Saal es eficiente y servicial. 

El problema llegó cuando recibí el pedido, cosa que sucedió en un plazo más bien corto, hay que decirlo. Al imprimirlo, imagino que la máquina no había conservado el orden que yo le había impuesto, por lo que las páginas estaban desordenadas, incluyendo las cubiertas. La calidad de impresión tampoco era para echar cohetes, en el mejor de los casos. El viejo dicho de que entre BUENO/ RÁPIDO/ BARATO hay que elegir siempre dos de tres se cumplía: aquello era rápido y barato, pero no bueno.

Por resumir: de haber sido un encargo, me habría negado a pagar. Aquello no era de recibo. 

Se lo comenté a la empresa la primera vez que me contactaron por la reseña: les dije que no tenía problema en escribirla, pero que en tal caso no sería positiva porque no podría serlo. En algún lugar un robot había decidido que ponderar las repercusiones de una respuesta así era algo secundario. Desde entonces, me la solicitan cada semana. Me he resistido a escribirla porque sólo puedo decir esto: son gente muy generosa pero con un producto deficitario. En calidad y en interlocución. Creo que aún no se han dado cuenta de que cuando alguien te confía sus imágenes te hace en cierto modo responsable de su historia. 

El cuaderno de fotos está en un cajón: a mi mujer no le impresionó y, aunque bienintencionado, como regalo quedaba bastante cutre. Cuando la contracubierta aparece a mitad de libro, en algo que uno mismo ha maquetado, parece que lo ha hecho sin ganas.  No he querido rescatarlo para mostrar el resultado, porque son fotos privadas, pero no me resisto a añadir una por quitarle hierro al asunto:  siento admiración por quien emprende cosas y bien pudiera ser que mi experiencia sea un caso puntual. Tal vez sólo haya tenido mala suerte.

En el caso en que alguien en Saal me esté leyendo y desea que les pague el encargo por culpa de estas líneas, que me ponga un email. 

 

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